FUNDACIÓN DE LA IGLESIA
Dios, en su sola potestad, ha determinado espacios y tiempos para dar a conocer
sus propósitos a la humanidad. Lo ha hecho de muchas formas y de muchas
maneras, aunque algunas de éstas han sido incompresibles e inexplicables
para la razón humana, porque la fe de Dios tiene razones que la razón
no entiende.
Sin embargo, todas las acciones de Dios
tienen un propósito, un fin, un objetivo y una misión.
El Creador de todas las cosas no emprende ninguna acción
para disgustar, complicar o denigrar la vida del hombre;
por el contrario, las acciones de Dios están encaminadas
a permitir que las cosas espirituales del Ser Supremo puedan
ser interpretadas, entendidas, vistas y vividas por el
mismo ser humano. De hecho, el hombre es creación
de Dios quien, una vez más y en su sola potestad,
del polvo de la tierra lo forma y sopla en él hálito
de vida con un propósito, con un fin: para cumplir
un objetivo y alcanzar una misión.
Así, hace más de dos mil
años, Jesucristo, el Hijo de Dios, apareció en
la tierra para cumplir el propósito establecido
por Dios, su Padre. Este propósito fue concebido
y planificado por Dios desde antes de la fundación
de este mundo. Así que, Dios había determinado
que Jesucristo diera a conocer el mensaje que traía
de su Padre, sentando las bases del cristianismo.
La religión cristiana establecida
por Jesucristo hacía énfasis en el amor al
prójimo y al enemigo; en el perdón a las
ofensas y la reconciliación con el amigo; en evitar
hacer justicia por su propia mano, esperando la justicia
que viene de Dios; en dedicar el tiempo a orar; en tener
fe y esperanza, amor y gratitud, capacidad para perdonar
y para amar; invitaba a los primeros creyentes a compartir
todo lo que tenían con sus semejantes y, a amar
a Dios y a Jesucristo, sobre todas las cosas.
Al ofrecer una oportunidad de vida, porque
creaba las expectativas y realidades de una nueva forma
de concebir y vivir la vida, el cristianismo comenzó a
expandirse por el Asia antigua; desde Galilea hasta Judea,
pasando indudablemente por Samaria, los primeros cercanos
al Maestro recurrían a Él para recibir alimento,
sanidades o algún beneficio material, pero no le
reconocieron como el Hijo de Dios. De hecho, aún
algunos de los hombres que con Jesucristo estuvieron día
y noche, terminaron por negarle o simplemente, alejarse
de Él.
Pero llegado el momento, el Hijo dirigía
unas palabras a su Padre en las que desvelaba la ternura,
compasión y cuidado que, tanto uno como otro, tenían
por los creyentes en el Mesías: «Pero ahora
voy a ti...» dijo el Hijo, no sin antes suplicar
al Padre por el pueblo religioso que comenzaba a gestarse: «No
ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del
mal».
Así, una vez más el Hijo
manifestaba al Padre y al mundo entero, la disposición
que tenía por cumplir con los propósitos
de Dios, para que toda la Escritura se cumpliese; también,
al fundar el nuevo pueblo, llamado por Dios «Iglesia
de Jesucristo», un eslabón más en la
cadena se había unido para lograr alcanzar la misión
y planes divinos.
EL OCULTAMIENTO DE LA
IGLESIA.
La inmortalidad no es una cualidad en
los hombres, por tal motivo, con la muerte de los primeros
Apóstoles de Jesucristo, el riesgo de perder el
rumbo en las cosas espirituales se incrementaba considerablemente.
De hecho, uno de ellos había ya advertido con antelación
sobre las circunstancias previas que rodearían la
segunda venida del Hijo de Dios.
Una de esas circunstancias era el fenómeno
de la apostasía. Como fenómeno causal, la
apostasía negaba la fe de Jesucristo, no la existencia
del mismo; por lo tanto, al negar la fe, negaba también
la forma de doctrina que practicaban los primeros creyentes
hace más de dos mil años. En su objetivo,
la apostasía dirigía sus esfuerzos (el apóstata)
contra todo lo que se llamaba Dios con la intención
de ocupar el lugar de Él y, así, confundir
la fe de los creyentes.
Por tales razones, los primeros conversos
a la fe cristiana deberían de estar atentos, con
el sentido y la razón puestos en su fe, para que
no se movieran tan fácilmente ni llegaran a dudar
de las cosas que creían. Sin embargo, al no existir
la persona de alguno de los apóstoles de Jesucristo,
al no existir ninguno de los depositarios de la palabra
de vida, ninguno de los custodios de la fuerza de Dios,
ni ninguno de los proclamadores del evangelio de Jesucristo,
los primeros creyentes de hace más de dos mil años
comenzaron a disiparse, creando grupos rivales entre sí,
o antagónicos en términos religiosos, que
terminaron por confundir a los primeros cristianos.
Algunos otros creyentes permanecieron
leales e íntegros con relación a su fe, hasta
el último día de sus vidas.¿Qué pasó con
la Iglesia que Jesucristo fundó hace más
de dos mil años? ¿Terminó, dejó de
existir, se extinguió? En caso de ser así, ¿se
truncó el plan divino? Y si no fuera así,
si la Iglesia que Jesucristo fundó no se extinguió, ¿en
dónde está ahora y cómo se puede identificar?
LA CONTINUIDAD DEL PLAN
DIVINO.
La Iglesia de Jesucristo es única
e indivisible; es eterna porque coexiste en el plan de
Dios. Por tal razón, el plan divino no se truncó ni
su Iglesia desapareció; simplemente, en los primeros
años después de la muerte del último
Apóstol, los que componían la Iglesia fueron
las almas de los que habían sido fieles a los mandamientos
antes mencionados, y que ahora alabarían a Dios
en el lugar denominado «Seno de Abraham».
Pero sobre el haz de la tierra, efectivamente,
no hubo hombres que, conjuntamente, integraran un pueblo
cuya identidad y sentido a sus vidas fueran los mandamientos
de Dios. Este hecho –el no haber un pueblo elegido
por Dios- duró, sin embargo, hasta el año
de 1926.
Para este año, el momento, el tiempo
establecido por Dios para reestablecer los principios ordenados
por Jesucristo hacía más de 1900 años,
había llegado. Y como en otras ocasiones, eran necesarias
las dos variables determinantes y determinadas por Dios
para poder llevar a cabo sus propósitos; por un
lado, la variable del tiempo y, por otro, la existencia
del hombre elegido por Dios para cumplimentar sus planes.
La presencia, en 1926, del elegido y llamado
por Dios para administrar los bienes espirituales y recibir
los misterios de Dios, garantizaba la conformación
de un grupo de creyentes cuyas características principales,
serían las mismas establecidas por Jesucristo hacía
más de 1900 años. Así, la Iglesia
tendría como fundamento y fundador al mismo Maestro
de Nazareth. Fue un martes 6 de abril de 1926, en la ciudad
de Monterrey, México, el año, mes y día
establecido por Dios para dar inicio a la Restauración
de la Primitiva Iglesia de Jesucristo, con el llamado de
Dios al Apóstol de Jesucristo, Aarón Joaquín
González.
La dirección y trabajo del Apóstol
de Jesucristo, Aarón Joaquín González,
terminó el 9 de junio de 1964.
A partir de ese momento, la dirección
de la Iglesia queda en manos del Apóstol de Jesucristo,
SAMUEL JOAQUIN FLORES hasta nuestros días.
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